Thalía lleva su energía contagiosa a Programa Livre

Thalía llega a Brasil envuelta en esa electricidad que sólo poseen las estrellas capaces de transformar una aparición televisiva en acontecimiento. Sonríe, juega con el público, escucha cada pregunta con atención y responde con espontaneidad. Su belleza impresiona, pero más aún sorprende la energía luminosa con que conquista el estudio.

Su historia artística comienza muy pronto. A los catorce años obtiene un pequeño papel en una telenovela, experiencia breve pero decisiva, porque los productores reparan enseguida en ella. A los quince todavía reconoce no saber qué significa actuar: no ha tomado clases, pero posee intuición, disciplina y una naturalidad evidente.

Entre sus personajes, Marimar ocupa un lugar afectuoso. Thalía se enamora de aquella muchacha humilde, sin estudios, capaz de superar la pobreza y convertirse en una mujer segura, elegante y conocedora de la vida. Esa transformación, cuenta con entusiasmo, constituye uno de los aspectos que más la seducen del personaje.

La popularidad, sin embargo, posee un rostro vertiginoso. Durante sus años en Timbiriche, una multitud llega a sacudir y volcar la camioneta donde viajan los integrantes del grupo. En otra presentación, la sobreventa del recinto provoca escenas dramáticas. Thalía recuerda el miedo de aquellos adolescentes que continúan cantando entre lágrimas.

Hoy, convertida en figura internacional, mantiene una relación cercana con sus admiradores. En el estudio brasileño, una joven le entrega una carta de quince metros cubierta de besos. Thalía la recibe con emoción, promete conservarla y devuelve el cariño sin reservas. El episodio resume una comunión entre artista y público.

Fuera de los escenarios, aparece una mujer divertida, inquieta y sencilla. Le gusta ir al cine, aunque en México debe disfrazarse con gorra, ropa amplia y actitud masculina para pasar inadvertida. También disfruta esquiar en agua y nieve, especialmente en Aspen, y sueña con conocer las pistas argentinas de Bariloche.

Su espontaneidad se vuelve irresistible cuando habla de comida. Confiesa disfrutar hamburguesas, pizza y tacos, y recuerda entre risas su reciente encuentro con la caipirinha brasileña: una sola copa bastó para animarla a bailar sobre una mesa. No hay pose calculada en ella; su simpatía nace de esa frescura traviesa.

Brasil despierta en Thalía una curiosidad. Le sorprende la juventud de su población, la belleza de sus mujeres y la calidez colectiva que encuentra a cada paso. Al comparar Brasil y México, destaca dos pueblos capaces de avanzar frente a las dificultades, conservar el optimismo y aspirar siempre a crecer.



La música permanece en el centro de sus entusiasmos. En Éxtasis, el público descubre una faceta que confirma su versatilidad como cantante, mientras ella anuncia que Amor a la Mexicana aparecerá próximamente en México. El trabajo, realizado con Emilio Estefan, alimenta la expectativa alrededor de una carrera cada vez mayor.

Su alcance ya rebasa las fronteras del continente. Thalía cuenta que ha cantado en filipino y que un disco lanzado en Filipinas alcanza el platino en siete días. La noticia provoca admiración en el estudio y confirma algo evidente: su manera de comunicarse parece encontrar puertas abiertas en públicos lejanos.

También habla con naturalidad de sus convicciones personales. Cree profundamente en el matrimonio, desea casarse y formar una familia numerosa, razón por la cual rechaza propuestas de posar desnuda. La decisión no nace de temor, sino de una idea clara sobre la imagen que quiere preservar para sus futuros hijos.

Al despedirse, Thalía deja la impresión de una artista que vive cada conquista con hambre de futuro. Quiere aprender portugués y cantar en ese idioma, agradece el afecto brasileño y mantiene intacta su pasión por actuar y cantar. Radiante, cercana y emprendedora, convierte cada encuentro en una verdadera celebración popular.

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